Por más que las cocinas exóticas estén de moda y los restaurantes tailandeses, coreanos y filipinos proliferen en Lugo, Pontevedra y otros mercados, la gastronomía casera gallega sigue gozando de gran prestigio. Su combinación de sabores del mar y la montaña, sumada a la calidad de sus ingredientes locales, ha elevado el prestigio de esta cocina. Además, no faltan restaurantes, taperías y furanchos donde degustar sus especialidades: la Casa Fidel O’Pulpeiro y el Bodegón Arca, en Pontevedra; el restaurante casa checho, en la isla de Ons, o la tapería Lar de Morar, en Marcón.
Para entender el éxito de esta tradición culinaria, es preciso examinar sus materias primas, cuya sencillez enmascara una calidad fuera de lo común. Sobresalen los mariscos de la costa atlántica, hortalizas propias como los grelos, la ternera gallega de los prados o los quesos artesanos con leche de vaca gallega.
Para certificar el origen y preservar la exquisitez de estos ingredientes, Galicia cuenta con una treintena de Denominaciones de Origen Protegidas (DOP) e Indicaciones Geográficas Protegidas (IGP). En especial, gozan de un alto estatus de protección la ternera y el lacón gallegos, el queixo Tetilla, la faba de Lourenzá y el pan de Cea, por citar algunos.
Las nuevas generaciones de viajeros aprecian la sostenibilidad real que propone la cocina casera de Galicia. Su consumo es un apoyo directo a los pequeños productores locales. También puede suponer un ahorro notable, al suprimir intermediarios: cada producto viaja desde las lonjas y huertas locales hasta el restaurante en cuestión.
Es innegable, además, que el ambiente marinero y rural que envuelve a esta gastronomía incrementa su atractivo. Un vistazo a la carta de sabores revela, por otra parte, una diversidad que pocas gastronomías pueden igualar: zamburiñas, pimientos de Padrón, caldeirada de pescado, empanada gallega, pulpo á feira, caldo gallego, etcétera.