No hay nada como lanzarse de cabeza al verano, calzarse unas chanclas y soñar con chapuzones en piscinas de hormigón Pontevedra, un lugar donde el arte de nadar se mezcla con la excelencia de la construcción. Desde las primeras obras hasta el toque final de azulejos brillantes, los apasionados del baño al aire libre saben que una piscina de hormigón no es un simple agujero con agua, sino un proyecto digno de la mejor ópera arquitectónica. Y si creías que únicamente importaba la temperatura del agua, espera a descubrir por qué esta solución supone un pasaporte directo a la mixtura de resistencia inquebrantable y diseños que harían enrojecer de envidia al mismísimo Da Vinci.
Durante décadas, la solidez del hormigón ha sido sinónimo de robustez casi militar. Quienes optan por este material para sus piscinas saben que no andan jugando: se invierte dinero, tiempo y empeño en algo que va a perdurar. A diferencia de estructuras prefabricadas que pueden ceder ante los caprichos del terreno o el implacable paso del tiempo, el hormigón se asienta con garra, adaptándose a desniveles, subsuelos traicioneros y hasta a la abuela que insiste en plantar geranios en el borde. Por si fuera poco, la impermeabilización moderna y los tratamientos anticorrosión añaden una capa extra de paz mental: esa piscina no va a dejar escapar ni una gota, ni a sucumbir ante heladas invernales o radiación solar excesiva.
En el terreno del diseño, las posibilidades son casi infinitas. Nada de plantillas de “forma rectangular estándar” sacadas de un catálogo de bazar. Con hormigón puedes esculpir curvas que imiten pequeñas caletas, playas de acceso gradual para que los más pequeños chapoteen con seguridad o incluso zambullidas a modo de trampolines inspirados en acantilados mediterráneos. Y si lo de la jardinería es lo tuyo, la piscina puede mimetizarse con jardines verticales, fuentes minimalistas o una cascada que parezca caída natural de montaña. Imagina sorprender a los amigos con una orilla infinita donde desaparece tu vista en el horizonte, o baños nocturnos iluminados por luces subacuáticas que convierten el agua en un lienzo lumínico.
La ciencia que sustenta la construcción también merece unos aplausos. El proceso empieza con un estudio geotécnico que sería la envidia de más de un detective privado: análisis de terrenos, perforaciones y pruebas de carga. A continuación, llega la fase de encofrado, donde las paredes toman forma gracias a moldes que el propio hormigón rellena con firmeza. Después viene el refuerzo, un entramado de varillas de acero que hace de armadura interior; más tarde, la capa impermeable y, por fin, la etapa de acabados. Todo ello supervisado por expertos que no dejan pasar ni un milímetro: desde albañiles con ojo de águila hasta ingenieros capaces de debatir sobre porcentajes de cemento como si fuera el marcador de un partido de tenis. Al final, cada gota de sudor invertida se traduce en la seguridad de tener un estanque doméstico que flirtea con la perfección estructural.
Llegamos al capítulo del mantenimiento, esa parte en la que muchos propietarios se retuercen pensando en cubos, cepillos y productos químicos. Tranquilidad: una piscina de hormigón bien hecha y sellada no se comporta como un monstruo voraz. Con un sistema de filtración eficiente, un skimmer que se ocupe de hojas y restos de insectos, y un control periódico del pH, la calidad del agua se mantiene cristalina. De igual forma, el gresite o los revestimientos cerámicos aportan acabado estético y facilitan la limpieza. Para quienes disfrutan del bricolaje, ajustar la bomba o repasar juntas puede convertirse en hobby; otros preferirán contratar un servicio profesional y olvidarse de todo. Lo importante es no dejar que las algas o la cal hagan de los alrededores una selva indeseada.
El verdadero encanto de una piscina de hormigón yace en la mezcla de artesanía y riguroso cálculo técnico, con el plus de la personalización más atrevida. Pasar de la idea al plano, del plano al hormigón y del hormigón al chapuzón es un viaje que requiere paciencia, cierta dosis de ingeniería y, por supuesto, un toque de picardía para que la obra no se convierta en un monótono bloque gris. La satisfacción de estrenar un espacio propio para disfrutar del agua, con la certeza de estar invirtiendo en una estructura que perdurará generaciones, convierte cada brazada en un festejo y cada tarde de verano en una historia digna de contar con una copa en la mano. Si tus aspiraciones van más allá de una piscina prefabricada y buscas el privilegio de un diseño único en la costa atlántica, es hora de apostar con firmeza por la nobleza del hormigón.