Cruzando la Ría: Mi oficina empieza en el mar

Mientras media España se pelea con el embrague en una rotonda atascada o se empuja para entrar en un vagón de metro, yo comienzo mi día sintiendo cómo el suelo se mueve bajo mis pies. No es un terremoto, es el catamarán de las ocho menos cuarto que zarpa desde O Morrazo hacia Vigo. Mi «atasco» diario tiene gaviotas en lugar de cláxones y huele a gasoil marino y salitre en vez de a tubo de escape.

Venir a trabajar en barco es un privilegio extraño, una especie de lujo obrero que solo entendemos los que vivimos a un lado de la ría y trabajamos al otro. Dejo el coche aparcado en el puerto, paso la tarjeta de transporte metropolitano —ese pitido familiar— y cruzo la pasarela. Hay días, cuando el invierno gallego se pone serio, que la pasarela del barco a Vigo es un desafío de viento y lluvia horizontal. Pero hoy la ría está como un plato, una lámina de acero grisáceo que refleja las primeras luces del día.

Busco mi sitio favorito, junto a la ventana de estribor. El motor ruge con una vibración profunda que te sacude el sueño mejor que el primer café. Cuando el barco se separa del muelle y encara la travesía, ocurre la magia cotidiana. A lo lejos, el Puente de Rande se dibuja como una cicatriz elegante sobre el agua, y si el día está claro, las Islas Cíes vigilan la bocana como guardianes de piedra. Es inevitable no quedarse embobado mirando las bateas, esas estructuras de madera que flotan estoicas, recordándonos que aquí el mar es también una fábrica, no solo un paisaje.

Dentro de la cabina, reina un silencio respetuoso. Aquí no hay la tensión de la carretera. Veo gente leyendo libros de papel, otros revisando correos en el móvil, y muchos, simplemente, aprovechando esos veinte minutos para cerrar los ojos y dejarse mecer por el vaivén del Atlántico. Es una cápsula de descompresión. Durante este trayecto, nada del mundo exterior importa; estamos suspendidos entre dos orillas, en tierra de nadie.

A medida que nos acercamos, Vigo se nos echa encima. La ciudad olívica trepa por las laderas, un caos de edificios blancos y grises que parecen pelearse por ver el agua. Lo primero que nos saluda no son oficinas de cristal, sino las grúas de los astilleros, gigantes naranjas y azules que definen el skyline industrial de esta ciudad. Ver la actividad del puerto, los buques de carga y los pesqueros de altura llegando, te conecta con el pulso real de la economía antes de siquiera fichar en tu trabajo.

La maniobra de atraque es brusca. El barco golpea las defensas de goma, los motores invierten la marcha y el agua hierve blanca. Me levanto, me ajusto la mochila y espero a que bajen la pasarela. Al pisar el cemento de la Estación Marítima, el hechizo se rompe. El ruido del tráfico de la Avenida de Beiramar me golpea de frente. Ya soy un peatón más, un trabajador con prisa. Pero mientras camino hacia el centro, llevo conmigo una calma salada, la certeza de que mi vuelta a casa no será una fila de luces rojas, sino otra travesía mirando al horizonte.